El panorama actual

La Historia reciente "a mi aire" (II)

 
Al iniciarse la segunda década del siglo XXI, la práctica totalidad de los individuos nacidos a partir de 1960 en lo que llamamos Occidente han tenido la oportunidad de cursar estudios primarios y, en consecuencia, saben (o deberían saber) al menos leer y escribir correctamente. Pero el analfabetismo absoluto imperante hace cien años en la población que no tenía acceso a la escuela y que, por tanto, desconocía el alfabeto, ha sido sustituido por lo que se ha venido en llamar analfabetismo funcional, que consiste en que, el individuo, pese a conocer los signos alfanuméricos, no posee, sin embargo, el nivel cultural necesario o suficiente que le permita comprender el significado de un texto sencillo o mantener una conversación con la fluidez y coherencia que se le presuponen a quien ha tenido una formación básica. Esto, desgraciadamente, se está dando en España muy alarmantemente en personas nacidas a partir de la segunda mitad de la década de los 70, como consecuencia del Sistema Educativo implantado por el Gobierno pseudo-socialista de D. Felipa González. Los miembros de esta generación, a pesar de haber cursado estudios (o de haber tenido la oportunidad de hacerlo), incluso universitarios, han sido víctimas de un Sistema Educativo que ha sido el responsable directo de un fenómeno denominado fracaso escolar: el abandono prematuro de los estudios sin acabar siquiera la formación elemental por parte de un elevado número de adolescentes; lo que no fue sino el fracaso del propio Sistema Educativo al no lograr el estímulo y el interés necesario en los alumnos. Un Sistema Educativo desprovisto de Principios y Valores, irrespetuoso e irresponsable en la difusión de las Artes y carente, en muchos casos, del más mínimo rigor científico. Un Sistema Educativo, en definitiva, inservible e inútil por lo alejado que aún sigue estando de alcanzar lo que, por simple definición, cabría esperar de él: la educación y formación de los jóvenes de un país para que sean los futuros hombres y mujeres integrantes de una sociedad desarrollada y moderna.


En el aspecto socioeconómico y laboral, la situación existente hace un siglo, descrita en la entrada anterior, también ha experimentado una mutación: las necesidades de la sociedad moderna, el vertiginoso avance de la ciencia y la tecnología, la proliferación de medios de comunicación y de vías de transporte y la generalización del uso de la informática han exigido la creación de nuevos oficios, han modificado casi todos los que existían anteriormente y han extinguido algún otro. Estas nuevas circunstancias han puesto de manifiesto la necesidad de una mayor especialización y la demanda de profesionales altamente cualificados (mano de obra cualificada) quienes, para alcanzar esa preparación que se les exige, han necesitado realizar un esfuerzo que se ha visto compensado, a la vez que estimulado, mediante la percepción de salarios algo más elevados que los que obtienen quienes configuran el subsector de la mano de obra no cualificada que, por esta significativa diferencia, se encuentran por debajo de la cualificada (que no deja de ser mano de obra) no sólo en el aspecto salarial, sino en la consideración social; ya que gozan de mayor prestigio.

Pero ello no significa que haya variado sustancialmente la estructura social, puesto que los bienes de producción continúan en manos de la clase capitalista. Los trabajadores han alcanzado el reconocimiento legal de una serie de derechos básicos, como resultado de aquellas luchas que iniciaron, a finales del XIX, quienes no tenían nada y, por tanto, nada podían perder. Hoy en día, en la legislación laboral de cualquier país occidental, todo trabajador asalariado tiene asegurada la remuneración por su trabajo y reconocida una serie de Derechos laborales: un salario mínimo garantizado; el establecimiento de un máximo de horas semanales de trabajo; descanso entre jornadas, descanso semanal y descanso anual o período vacacional; prestación por desempleo; cobertura sanitaria en caso de enfermedad o accidente y una indemnización cuando el accidente es laboral. Existe una relación de enfermedades profesionales cuyo reconocimiento otorga a quien padece alguna de ellas un derecho a percibir indemnizaciones o a acceder a jubilaciones por incapacidad laboral, pensiones de viudedad, orfandad, invalidez y jubilación; una serie de normas que garantizan la seguridad e higiene en el puesto de trabajo; un permiso retribuido por maternidad y lactancia para las madres trabajadoras;... Pero el obrero, el asalariado, el trabajador por cuenta ajena, como lo define la legislación laboral española, continúa ocupando el mismo estrato social; continúa conformando la clase más desfavorecida del entramado socioeconómico. Sólo es preciso echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar a qué se dedica, hoy en día, la inmensa mayoría de la población para ganarse el sustento:

Además de los oficios característicos que aún subsisten, como los de albañil, pintor, electricista, fontanero, carpintero, cerrajero y demás actividades relacionadas con la construcción, predominan las restantes ocupaciones pertenecientes al denominado sector servicios: empleados de hostelería, de banca, de limpieza, de supermercado, maestros o profesores (hoy también llamados educadores), personal sanitario, vigilantes jurados, agentes de comercio, corredores de seguros, funcionarios de las diversas administraciones públicas, conductores de medios de transporte colectivo, dependientes en tiendas y comercios,... Existe, además, otro grupo de trabajadores asalariados que, como ya dije antes, debido a la especialización del trabajo que desempeñan, perciben remuneraciones más elevadas y a ellos habría que añadir, puesto que son también trabajadores por cuanta ajena, a aquellos otros que disfrutan de jornadas reducidas como consecuencia de la peligrosidad o la responsabilidad del trabajo que desarrollan. Éste es el caso de los pilotos y controladores aéreos, bomberos,...

La generalización del crédito y demás productos financieros han hecho posible que gente humilde con inquietudes y “espíritu emprendedor” puedan intentar “establecerse por su cuenta”; lo que ha dado lugar a la aparición de la pequeña empresa y de la figura del trabajador autónomo. Aquí se encuadraría el taller que montó aquél que, empezando de aprendiz (cuando existía esa posibilidad) en el taller de otro, logró la pericia requerida para convertirse en oficial; o el que, mucho más recientemente, alcanzó este nivel estudiando un Módulo de Formación Profesional, seguramente con mucha más teoría y mucha menos práctica. Aquí se encontraría también encuadrado el pequeño negocio familiar, el bar de la esquina, el transportista que tiene una furgoneta de reparto o una flotilla de tres o cuatro vehículos, la tiendecilla del barrio, el taxista, el fontanero que trabaja por su cuenta, la peluquera,... Se trata de trabajadores que, en vez de prestar sus servicios para un patrón a cambio de un jornal, trabajan para sí mismos explotando su propio negocio. La ventaja es que no dependen de un jefe en ningún sentido; pero, a cambio de esta aparente libertad, tienen una tremenda carga económica, pues deben asumir la totalidad de los costes de los Seguros sociales; tanto los suyos como los de sus posibles empleados y contribuir a la Hacienda Pública con tributos empresariales (Impuesto de Sociedades, IVA,...). La declaración y liquidación de tales impuestos requiere un papeleo cuya cumplimentación es complicada; lo que, en muchos casos, no está al alcance de cualquier pequeño empresario o autónomo y, por consiguiente, necesitará recurrir a los servicios de una gestoría. Además, si, como suele ocurrir en la mayoría de los casos, necesitaron acudir al crédito para emprender su negocio, será necesario amortizarlo antes de empezar a obtener beneficios. Por si estas dificultades no fueran suficientes, en la vorágine de un mercado global tan despiadadamente competitivo, tendrá que enfrentarse, con sus pobres medios, a los más grandes competidores, incluidas las multinacionales que bien se ocupan de abarcar todos los sectores de la economía. En este grupo de trabajadores autónomos también se encuadrarían las denominadas profesiones liberales integradas por médicos, abogados, arquitectos,...

Resumiendo: en las sociedades occidentales contemporáneas, desde un punto de vista socioeconómico, continúan existiendo las mismas clases sociales que observábamos a principios del siglo XX: la clase capitalista, por una parte, formada por una minoría social integrada por los propietarios de los bienes productivos: terratenientes, banqueros y grandes accionistas de sociedades mercantiles y multinacionales con importantes capitales sociales; personas, familias y sociedades que no necesitan acudir diariamente a trabajar porque su riqueza, sus inversiones, su capital producen para ellos. Por otro lado, la inmensa mayoría de la población que tiene que trabajar para percibir su jornal, su sueldo o su salario, bien sea trabajando para un empresario, bien para sacar adelante su propia pequeña empresa: la clase trabajadora.

Finalmente, hay que hacer referencia a un pequeño grupo social (aunque cada vez va siendo menos pequeño) que, deliberadamente, no había mencionado hasta ahora porque realmente no constituye una clase social propiamente dicha, aunque se hace referencia a él bajo la denominación de clase política. Pero este tema, si les parece, lo dejaremos para la próxima entrada.

Hace sólo unos cien años

La Historia reciente "a mi aire" (I)


En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, la mayor parte de los trabajadores eran analfabetos. No existía ningún tipo de regulación laboral, por lo que la jornada era interminable y los salarios, miserables. Las mujeres y los niños trabajaban igual que los hombres, pero cobrando menor salario porque eran más débiles. Obviamente, la televisión no se había inventado aún y el fútbol y la prensa rosa todavía no se habían convertido en la droga nacional que abotarga a la masa trabajadora. No existían los anticonceptivos y los matrimonios (porque era moral y legalmente obligatorio estar casados para poder convivir en pareja) tenían más hijos de los que podían mantener. Así pues, las familias pasaban hambre y calamidades. El acceso a la cultura era un lujo que los trabajadores no se podían permitir y la única posibilidad de ocio, tras la dura jornada laboral, era la partida en la taberna regada con un trago de vino peleón. Pero esto sólo estaba admitido para los hombres; porque las mujeres, además de tener vedada la entrada en semejantes lugares, aún tenían pendientes otras tareas, como lavar y remendar ropa, recalentar alguna sobra a la hora de la cena para engañar los estómagos de un marido y una prole de críos hambrientos... Además, tenían otra obligación ineludible más: debían acudir a contarle sus intimidades a un hombre con sotana que, aprovechándose de su ignorancia y bajo la falsa promesa de “la salvación eterna”, adiestraba a aquellas pobres mujeres en la forma en que debían afrontar su paupérrima vida cotidiana: "con resignación". Porque su miseria y la de los suyos no era más que una prueba de Fe a la que les sometía el Altísimo; porque su extensa prole era una bendición del Cielo, ya que la misión de la mujer es traer hijos al Mundo; porque el fallecimiento de dos, tres o cuatro de sus criaturas (la mortalidad infantil era muy elevada) era justo castigo por sus pecados y los de su marido.

Las gentes trabajadoras no sabían leer ni escribir; no tenían acceso a ninguna forma de cultura; no podían conocer ni entender los acontecimientos sociales, económicos y políticos que se producían en su entorno, aunque fueran a afectarles directamente, ya que carecían de la más mínima capacidad de análisis, de referencias, de formación e información; pero sí tenían algo muy claro: sabían muy bien dónde estaban, quiénes eran y a qué grupo social pertenecían. Tenían conciencia de clase.

Históricamente, bajo la genérica denominación de “obrero” se ha agrupado a todo aquél que trabajaba a cambio de un jornal o salario. Así, los obreros de la construcción, los operarios de la fábrica, los jornaleros del campo, los mineros, los pescadores, los maestros, carreteros, sirvientes, ferroviarios, todos ellos formaban la clase asalariada; la clase trabajadora; la Clase Obrera.

A pesar de su escasa formación, el obrero se daba cuenta de que el patrón, aquél que le pagaba el jornal por su trabajo, era cada día más rico; mientras que él, el obrero, por mucho que trabajara durante toda su vida sería cada vez más pobre. El patrón, el amo, el señor, lejos de pasar penurias, como él; calamidades, como él; miseria, como él; hambre, como él y su familia, vivía rodeado de lujo. Así fue como el obrero se dio cuenta de que existía una gran desigualdad en las condiciones de vida entre unas personas y otras; entre unos seres humanos y otros, que no podía justificarse bajo ningún concepto. La única y verdadera diferencia entre el obrero y el patrón consistía en que éste era el propietario de los bienes de producción; mientras que aquél aportaba la fuerza del trabajo necesaria para que esos bienes de producción pudieran funcionar. Entonces, se trataba de una cuestión de suerte pues, ya desde la cuna, dependiendo de dónde hubiera nacido cada cual estaba asignado el grupo social al que cada uno pertenecería de por vida: aquél que nacía en el seno de una familia de terratenientes, de ganaderos, de propietarios de minas, fábricas o fincas, heredaría los bienes familiares y no tendría que preocuparse jamás por su porvenir ni por el de su descendencia. No necesitaría nunca trabajar para ganarse el sustento porque poseía unos bienes que producirían para él. Por si esto fuera poco, la familia podía pagarle estudios; con lo que, además de explotar los bienes productivos, podría ejercer una profesión prestigiosa y lucrativa: ingeniero, médico, abogado u obispo. El hijo del obrero, en cambio, ya nacía predestinado para el trabajo duro y la miseria; porque lo único que tenía al nacer eran sus manos. Bien lo describió Miguel Hernández: «Carne de yugo ha nacido».
Huelga
Huelga. Óleo sobre lienzo pintado por Lentz Strajk en 1910.

Consciente de esta gran injusticia social, el obrero comprendió que era necesario acabar con las agresiones y abusos del patrón; que tenía que defender sus derechos y recuperar su dignidad como ser humano. Comprendió que existían dos clases sociales claramente diferenciadas y contrapuestas: la de los que poseían los medios de producción y la de los que aportaban la fuerza del trabajo; las clases pudientes y la clase trabajadora; el Capital y el Proleteriado. Comprendió que lo que cada una de esas dos clases sociales ganaba era a costa de la otra. Y así fue como se gestó la lucha de clases. El obrero, a pesar de su ignorancia, fue consciente de que los medios de producción eran inútiles si faltaba la fuerza del trabajo que él aportaba y supo cuál era su arma más poderosa en esa lucha de clases: supo que él podía hacer que la fábrica dejara de producir; que el ganado se quedara sin pacer y sin ordeñar; que los frutos sin recoger se pudrieran  en la mata o en el árbol; que el cereal se quedara en los campos sin segar; que el mineral no saliera de las entrañas de la tierra... Supo que su arma era la huelga.

Poco a poco los asalariados, los jornaleros los obreros, fueron organizándose, agrupándose, uniéndose y constituyendo sindicatos. Hicieron comprender, asumir y acatar al poder político que el patrón no podía imponer sus condiciones y sus métodos; que los obreros no eran animales, sino seres humanos, como ellos; necesarios e imprescindibles en el proceso productivo y que sus condiciones de trabajo tenían que negociarse; pero, como era de esperar, el patrón no estaba dispuesto a perder sus privilegios tan fácilmente y se opuso como pudo; a veces de forma poco dialogante. Y por eso se habla de lucha de clases; porque se produjo una auténtica lucha en el más amplio y sangriento sentido de la palabra, hasta que los diferentes poderes legislativos fueron reconociendo, en sus respectivas normas laborales, las justas reivindicaciones de la Clase Obrera.

Libertad de expresión y Derecho a la información

Entrada inaugural


De todos los Derechos Fundamentales y Libertades Públicas internacionalmente reconocidos, es indiscutible que el Derecho a la vida, además de Fundamental, es esencial; pues, si éste no está garantizado, todos los demás son superfluos. Pero si aceptamos la posibilidad de establecer una clasificación de todos los Derechos y Libertades atendiendo a su importancia relativa, no sólo desde el punto de vista del individuo titular de ellos, sino desde la perspectiva de la sociedad en su conjunto, es fácil concluir que, una vez que esté asegurado y garantizado el Derecho a la vida, ningún otro superaría en importancia al Derecho a una información veraz y su correlativa e indispensable Libertad de expresión.

Libertad de expresión
Efectivamente, la Libertad ideológica, la de creencias, o la de cátedra, no tendrían soporte ni respaldo jurídico alguno si no estuviera garantizada, previamente, la Libertad de expresión, como tampoco lo estarían los derechos de reunión, asociación,  manifestación o huelga, todos ellos también Fundamentales. Del mismo modo, la igualdad ante la ley y el correlativo derecho a no ser discriminado por razón alguna, no podrían ejercerse sin la garantía de un derecho a recibir libremente información veraz.

Evidentemente, esto no se les escapa a quienes ostentan el poder, sea cual fuere el régimen político de que se trate: en los sistemas democráticos, los partidos políticos se preocupan de acaparar el mayor número posible de medios de comunicación de masas para que difundan su mensaje o, por mejor decir, su propaganda. En los regímenes totalitarios, los tiranos, los dictadores imponen la censura previa y procesan como reos de toda clase de delitos contra el Estado a quienes pretendan opinar. Y es que el poder político no puede interferir en el pensamiento de los ciudadanos para erradicar sus ideas; pero sí puede evitar que éstas se propaguen criminalizando al que expresa pensamientos críticos e incluso estigmatizando determinadas opiniones. Y, si alguien tiene alguna duda de que esto también sucede en las sociedades occidentales, teóricamente libres, yo le planteo las siguientes reflexiones:

¿Se siente usted libre de opinar sobre extranjería sin temor a ser tachado de xenófobo?
¿Se siente usted libre de opinar sobre educación sin temor a ser tildado de retrógrado o, por el contrario, de excesivamente permisivo?
¿Se siente usted libre de opinar sobre homosexualidad sin temor a ser acusado de homófobo o tildado de gay?
¿Se siente usted libre de criticar el genocidio y la ocupación de Israel sobre Palestina sin temor a ser acusado de antisemita e incluso de nazi?
¿Se siente usted libre de manifestar su comprensión y solidaridad con el pueblo palestino sin temor a ser acusado de yihadista?
¿Se siente usted libre de opinar sobre determinados movimientos de autodeterminación sin temor a ser acusado de apologista del terrorismo?
¿Se siente usted libre, en fin, de utilizar expresiones como "la clase obrera", "el pueblo", "los trabajadores", "la explotación capitalista", "la izquierda y la derecha", "la lucha de clases", etc. sin que le tilden de comunista trasnochado, prosoviético o bolivariano?

Consecuentemente, la Libertad de expresión y el Derecho a la información son las primeras víctimas de cualquier sistema de gobierno; porque lo mismo dará comprar una opinión que secuestrarla, prohibirla o, peor aún, manipularla.

Por ello, en un Estado verdaderamente Democrático y de Derecho (hecha ya la salvedad del Derecho a la vida), debe considerarse como primordial la defensa y la garantía de la Libertad de expresión y su correlativo Derecho a la información; porque un Pueblo sólo es libre cuando está informado y puede manifestar lo que piensa sin temor a las consecuencias. La información es imprescindible para poder crearse una opinión sobre lo que acontece y esa opinión únicamente tendrá utilidad si puede transmitirse libremente. Una sociedad que no está suficientemente informada no podrá ejercer su derecho al voto responsablemente; ni tampoco conocerá cuáles son sus derechos primordiales para poder exigir que le sean respetados. Una sociedad en la que no se respeta la Libertad de expresión nunca podrá transmitir su pensamiento, sus ideas, su cultura.

Los juristas conocemos bien cuáles son los dos únicos límites que se pueden establecer a la Libertad de expresión y al Derecho a la información: el primero viene impuesto por el respeto a otro Derecho también Fundamental, cual es el Derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, sobre lo cual existe abundante jurisprudencia en relación con lo que se ha venido en llamar "colisión de Derechos Fundamentales". Esto se está viendo diariamente en la "tele-basura" y se da cuando un pseudo-periodista publica algo sobre algún aspecto de la vida supuestamente íntima de algún famosillo, a consecuencia de lo cual, éste (o su cohorte de abogados) consideran que se ha producido una intromisión en su intimidad y plantean la correspondiente querella ante los Tribunales para intentar obtener una suculenta indemnización. El segundo límite lo constituyen la injuria y la calumnia, tipificadas en el Código Penal como delitos.

También están tipificados en el Código Penal los delitos de incitación al odio. Este tipo de actuaciones no pueden ampararse bajo el paraguas protector de la Libertad de Expresión a diferencia de lo que sucede, en mi opinión, con respecto al delito de injurias a la Corona, cuya comisión lleva aparejadas penas de multa e, incluso, la pena de prisión; algo que muchos consideramos excesivo, ya que se trata de una medida más política que jurídica.

Una línea mucho más difusa sería la que separa la Libertad de Expresión de los delitos de enaltecimiento o apología del terrorismo; algo que habría que estudiar, caso por caso, desde la propia jurisprudencia y que también puede verse condicionado por un excesivo celo político más que jurídico.

En este blog ejerceremos nuestra Libertad de expresión con el convencimiento de que no va a colisionar con la intimidad de nadie ni tampoco, por supuesto, vamos a delinquir injuriando ni calumniando a persona alguna; por lo tanto, no nos aproximaremos, ni de lejos, a los límites establecidos.

Sirva esta primera entrada como inauguración y presentación de este blog que sólo pretende servir de tribuna para todo aquél que, desde el respeto y el buen gusto, tenga algo que decir.

La opinión pública nace de la Libertad de expresión.