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Esa patraña de las clases medias

La Historia reciente "a mi aire" (IV)


La expresión “clase media” se viene utilizando en nuestros días por los poderes serviles del Sistema capitalista y sus voceros en los medios de comunicación de masas de forma interesada, con muy poco rigor y con una perversa intencionalidad: la de confundir y dividir a la clase trabajadora.

El origen de esta expresión lo encontramos en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando la sociedad estaba dividida en estamentos muy diferenciados y rara vez coincidentes que iban desde la realeza hasta los mendigos, pasando por la aristocracia, la nobleza, los militares, los jerarcas eclesiásticos o la burguesía. Así, la clase media se encontraba por debajo de una clase alta, formada por los más ricos, y por encima de la clase baja que malvivía de su trabajo, generalmente manual, o de la mendicidad.

En un principio, la clase media estaba formada por la vieja burguesía terrateniente y la nobleza. Un período de paz relativamente largo favoreció el auge del comercio y el desarrollo de profesiones liberales; lo que permitió la aparición de un grupo social que se fue haciendo cada vez más numeroso, formado por pequeños terratenientes, comerciantes y profesionales liberales que, sin llegar a ser ricos, lograron alcanzar cierto poder adquisitivo y prestigio. A lo largo del siglo XVIII, con el avance de la industrialización, este nuevo grupo social fue creciendo y adquiriendo poder.

En el resto de Europa, la clase media surge a comienzos del siglo XIX con la Revolución Industrial. Al principio era un grupo muy reducido de personas con cierto nivel educativo que desempeñaban profesiones liberales; pero se fue ampliando gracias al proceso de industrialización y a las mejoras económicas.

Como puede verse, el uso que se hace en la actualidad de este término no tiene comparación ninguna con su significado original; pues nada tiene que ver un asalariado de nuestro tiempo con un terrateniente de otras épocas.

El concepto moderno de clase media surge en Estados Unidos a principios del siglo XX. Los nuevos sistemas de producción, como el de la factoría de automóviles Ford  (y aquí es donde está la trampa), permiten reducir los costes de fabricación y aumentar los salarios de los obreros. De esta manera, los trabajadores de la factoría se convierten en consumidores potenciales del producto que ellos mismos fabrican y, así, el empresario se asegura una demanda necesaria para abaratar el coste de producción unitario.

Familia española "de clase media"
Los Alcántara: conocida familia de ficción, muy poco creíble, que el Sistema 
nos presenta como modelo de
"familia española de clase media"
con la perversa intención de que las familias trabajadoras
se identifiquen con ellos.
Hoy en día se habla de clase media para referirse a cualquier trabajador, asalariado o autónomo, sin necesidad de que esté en activo durante toda su vida laboral; lo que significa que un parado también está considerado como perteneciente a la clase media o un estudiante que vive a cargo de sus padres.

Con el uso generalizado del concepto de clase media se abandona definitivamente el de las expresiones clase trabajadora o clase obrera que se consideran anticuadas y tienen una connotación peyorativa. Ya nadie pertenece a la clase obrera. La clase trabajadora ya no existe porque este concepto se asocia con los mineros o jornaleros de principios del siglo XX y ningún trabajador actual quiere que se le identifique con aquellos desarrapados; aquellos parias: gente tosca y pobre que apenas ganaba para un mendrugo. Ahora, el obrero, el trabajador, se considera más refinado; tiene un coche de gama media-alta (como corresponde a su clase social) y se viste a la moda en unos grandes almacenes; dispone de tecnología punta, igual que su jefe (televisor smart-TV; iPhon, iPad,) y prefiere que, en lugar de considerarle de clase obrera o trabajadora, se le inscriba en la, mejor mirada, clase media o en alguna de sus absurdas subdivisiones; pues he llegado a oír y leer estupideces como clase media-alta, clase media-baja e, incluso, clase media-baja-trabajadora.

Lo aberrante y pernicioso del concepto de clase media es que el obrero se avergüenza de su condición y se cree algo más; algo superior a lo que realmente es.

Lo que pretende el Sistema capitalista y sus siervos es que el trabajador se considere en una posición social mejor que la que realmente le corresponde. Al pertenecer a una clase “media” se siente más cercano a los ricos; en una posición casi equidistante entre el “pobre de pedir” y el magnate que vive de sus rentas.

Esta perversión de conceptos tiene un efecto muy negativo sobre el comportamiento habitual del trabajador: al pertenecer a una clase denominada “media”, tiene la percepción de que existe otra clase "inferior"; más "baja" y que hay gente que, sin llegar a ser mendigos, tienen un nivel de vida inferior y, por tanto, debe alegrarse de su consideración social porque hay otros que lo están pasando peor. De este modo, el Sistema desune, separa, divide a la clase obrera y neutraliza a su adversario natural en la lucha de clases.

La consecuencia directa de todo ello es que el trabajador normal, que vive de una nómina o de su trabajo en su pequeño negocio, no se identifica con los problemas de los demás trabajadores u obreros. No empatiza con ellos porque sus problemas no son los mismos; porque él no pertenece a la clase trabajadora u obrera, ya que es de clase media. No apoyará las reivindicaciones obreras porque no van con él, no sentirá suyos los problemas de los demás trabajadores porque los siente alejados, “por debajo” de él y, por supuesto, en unas elecciones nunca dará su voto a partidos o agrupaciones electorales cuyas propuestas vayan en la línea de favorecer a los más necesitados, a los obreros, a los parados, a los jóvenes, a los pensionistas,… porque todos ellos pertenecen a otra clase social inferior a la suya: la clase media y, en consecuencia, sus problemas no son los mismos y votarán a partidos neoliberales, disfrazados de centristas, que son la cara amable del Capitalismo de nuestro tiempo.

Desde esta óptica y analizando con rigor la situación socioeconómica de la población, no sólo española, sino de todo el mundo occidental, tenemos que concluir afirmando con rotundidad que la clase media no existe. En nuestros tiempo sólo se dan dos tipos de agentes en el modelo productivo: los que poseen los medios de producción y el capital que genera beneficios para esos propietarios y los que trabajan para ganarse el pan de cada día: la clase capitalista y la clase obrera o trabajadora. Y no hay más. Que no nos engañen y nos manipulen: no caigamos en la trampa, en la falacia, en la patraña de considerarnos "trabajadores de clase media”.

Hace sólo unos cien años

La Historia reciente "a mi aire" (I)


En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, la mayor parte de los trabajadores eran analfabetos. No existía ningún tipo de regulación laboral, por lo que la jornada era interminable y los salarios, miserables. Las mujeres y los niños trabajaban igual que los hombres, pero cobrando menor salario porque eran más débiles. Obviamente, la televisión no se había inventado aún y el fútbol y la prensa rosa todavía no se habían convertido en la droga nacional que abotarga a la masa trabajadora. No existían los anticonceptivos y los matrimonios (porque era moral y legalmente obligatorio estar casados para poder convivir en pareja) tenían más hijos de los que podían mantener. Así pues, las familias pasaban hambre y calamidades. El acceso a la cultura era un lujo que los trabajadores no se podían permitir y la única posibilidad de ocio, tras la dura jornada laboral, era la partida en la taberna regada con un trago de vino peleón. Pero esto sólo estaba admitido para los hombres; porque las mujeres, además de tener vedada la entrada en semejantes lugares, aún tenían pendientes otras tareas, como lavar y remendar ropa, recalentar alguna sobra a la hora de la cena para engañar los estómagos de un marido y una prole de críos hambrientos... Además, tenían otra obligación ineludible más: debían acudir a contarle sus intimidades a un hombre con sotana que, aprovechándose de su ignorancia y bajo la falsa promesa de “la salvación eterna”, adiestraba a aquellas pobres mujeres en la forma en que debían afrontar su paupérrima vida cotidiana: "con resignación". Porque su miseria y la de los suyos no era más que una prueba de Fe a la que les sometía el Altísimo; porque su extensa prole era una bendición del Cielo, ya que la misión de la mujer es traer hijos al Mundo; porque el fallecimiento de dos, tres o cuatro de sus criaturas (la mortalidad infantil era muy elevada) era justo castigo por sus pecados y los de su marido.

Las gentes trabajadoras no sabían leer ni escribir; no tenían acceso a ninguna forma de cultura; no podían conocer ni entender los acontecimientos sociales, económicos y políticos que se producían en su entorno, aunque fueran a afectarles directamente, ya que carecían de la más mínima capacidad de análisis, de referencias, de formación e información; pero sí tenían algo muy claro: sabían muy bien dónde estaban, quiénes eran y a qué grupo social pertenecían. Tenían conciencia de clase.

Históricamente, bajo la genérica denominación de “obrero” se ha agrupado a todo aquél que trabajaba a cambio de un jornal o salario. Así, los obreros de la construcción, los operarios de la fábrica, los jornaleros del campo, los mineros, los pescadores, los maestros, carreteros, sirvientes, ferroviarios, todos ellos formaban la clase asalariada; la clase trabajadora; la Clase Obrera.

A pesar de su escasa formación, el obrero se daba cuenta de que el patrón, aquél que le pagaba el jornal por su trabajo, era cada día más rico; mientras que él, el obrero, por mucho que trabajara durante toda su vida sería cada vez más pobre. El patrón, el amo, el señor, lejos de pasar penurias, como él; calamidades, como él; miseria, como él; hambre, como él y su familia, vivía rodeado de lujo. Así fue como el obrero se dio cuenta de que existía una gran desigualdad en las condiciones de vida entre unas personas y otras; entre unos seres humanos y otros, que no podía justificarse bajo ningún concepto. La única y verdadera diferencia entre el obrero y el patrón consistía en que éste era el propietario de los bienes de producción; mientras que aquél aportaba la fuerza del trabajo necesaria para que esos bienes de producción pudieran funcionar. Entonces, se trataba de una cuestión de suerte pues, ya desde la cuna, dependiendo de dónde hubiera nacido cada cual estaba asignado el grupo social al que cada uno pertenecería de por vida: aquél que nacía en el seno de una familia de terratenientes, de ganaderos, de propietarios de minas, fábricas o fincas, heredaría los bienes familiares y no tendría que preocuparse jamás por su porvenir ni por el de su descendencia. No necesitaría nunca trabajar para ganarse el sustento porque poseía unos bienes que producirían para él. Por si esto fuera poco, la familia podía pagarle estudios; con lo que, además de explotar los bienes productivos, podría ejercer una profesión prestigiosa y lucrativa: ingeniero, médico, abogado u obispo. El hijo del obrero, en cambio, ya nacía predestinado para el trabajo duro y la miseria; porque lo único que tenía al nacer eran sus manos. Bien lo describió Miguel Hernández: «Carne de yugo ha nacido».
Huelga
Huelga. Óleo sobre lienzo pintado por Lentz Strajk en 1910.

Consciente de esta gran injusticia social, el obrero comprendió que era necesario acabar con las agresiones y abusos del patrón; que tenía que defender sus derechos y recuperar su dignidad como ser humano. Comprendió que existían dos clases sociales claramente diferenciadas y contrapuestas: la de los que poseían los medios de producción y la de los que aportaban la fuerza del trabajo; las clases pudientes y la clase trabajadora; el Capital y el Proleteriado. Comprendió que lo que cada una de esas dos clases sociales ganaba era a costa de la otra. Y así fue como se gestó la lucha de clases. El obrero, a pesar de su ignorancia, fue consciente de que los medios de producción eran inútiles si faltaba la fuerza del trabajo que él aportaba y supo cuál era su arma más poderosa en esa lucha de clases: supo que él podía hacer que la fábrica dejara de producir; que el ganado se quedara sin pacer y sin ordeñar; que los frutos sin recoger se pudrieran  en la mata o en el árbol; que el cereal se quedara en los campos sin segar; que el mineral no saliera de las entrañas de la tierra... Supo que su arma era la huelga.

Poco a poco los asalariados, los jornaleros los obreros, fueron organizándose, agrupándose, uniéndose y constituyendo sindicatos. Hicieron comprender, asumir y acatar al poder político que el patrón no podía imponer sus condiciones y sus métodos; que los obreros no eran animales, sino seres humanos, como ellos; necesarios e imprescindibles en el proceso productivo y que sus condiciones de trabajo tenían que negociarse; pero, como era de esperar, el patrón no estaba dispuesto a perder sus privilegios tan fácilmente y se opuso como pudo; a veces de forma poco dialogante. Y por eso se habla de lucha de clases; porque se produjo una auténtica lucha en el más amplio y sangriento sentido de la palabra, hasta que los diferentes poderes legislativos fueron reconociendo, en sus respectivas normas laborales, las justas reivindicaciones de la Clase Obrera.