Hace sólo unos cien años

La Historia reciente "a mi aire" (I)


En los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, la mayor parte de los trabajadores eran analfabetos. No existía ningún tipo de regulación laboral, por lo que la jornada era interminable y los salarios, miserables. Las mujeres y los niños trabajaban igual que los hombres, pero cobrando menor salario porque eran más débiles. Obviamente, la televisión no se había inventado aún y el fútbol y la prensa rosa todavía no se habían convertido en la droga nacional que abotarga a la masa trabajadora. No existían los anticonceptivos y los matrimonios (porque era moral y legalmente obligatorio estar casados para poder convivir en pareja) tenían más hijos de los que podían mantener. Así pues, las familias pasaban hambre y calamidades. El acceso a la cultura era un lujo que los trabajadores no se podían permitir y la única posibilidad de ocio, tras la dura jornada laboral, era la partida en la taberna regada con un trago de vino peleón. Pero esto sólo estaba admitido para los hombres; porque las mujeres, además de tener vedada la entrada en semejantes lugares, aún tenían pendientes otras tareas, como lavar y remendar ropa, recalentar alguna sobra a la hora de la cena para engañar los estómagos de un marido y una prole de críos hambrientos... Además, tenían otra obligación ineludible más: debían acudir a contarle sus intimidades a un hombre con sotana que, aprovechándose de su ignorancia y bajo la falsa promesa de “la salvación eterna”, adiestraba a aquellas pobres mujeres en la forma en que debían afrontar su paupérrima vida cotidiana: "con resignación". Porque su miseria y la de los suyos no era más que una prueba de Fe a la que les sometía el Altísimo; porque su extensa prole era una bendición del Cielo, ya que la misión de la mujer es traer hijos al Mundo; porque el fallecimiento de dos, tres o cuatro de sus criaturas (la mortalidad infantil era muy elevada) era justo castigo por sus pecados y los de su marido.

Las gentes trabajadoras no sabían leer ni escribir; no tenían acceso a ninguna forma de cultura; no podían conocer ni entender los acontecimientos sociales, económicos y políticos que se producían en su entorno, aunque fueran a afectarles directamente, ya que carecían de la más mínima capacidad de análisis, de referencias, de formación e información; pero sí tenían algo muy claro: sabían muy bien dónde estaban, quiénes eran y a qué grupo social pertenecían. Tenían conciencia de clase.

Históricamente, bajo la genérica denominación de “obrero” se ha agrupado a todo aquél que trabajaba a cambio de un jornal o salario. Así, los obreros de la construcción, los operarios de la fábrica, los jornaleros del campo, los mineros, los pescadores, los maestros, carreteros, sirvientes, ferroviarios, todos ellos formaban la clase asalariada; la clase trabajadora; la Clase Obrera.

A pesar de su escasa formación, el obrero se daba cuenta de que el patrón, aquél que le pagaba el jornal por su trabajo, era cada día más rico; mientras que él, el obrero, por mucho que trabajara durante toda su vida sería cada vez más pobre. El patrón, el amo, el señor, lejos de pasar penurias, como él; calamidades, como él; miseria, como él; hambre, como él y su familia, vivía rodeado de lujo. Así fue como el obrero se dio cuenta de que existía una gran desigualdad en las condiciones de vida entre unas personas y otras; entre unos seres humanos y otros, que no podía justificarse bajo ningún concepto. La única y verdadera diferencia entre el obrero y el patrón consistía en que éste era el propietario de los bienes de producción; mientras que aquél aportaba la fuerza del trabajo necesaria para que esos bienes de producción pudieran funcionar. Entonces, se trataba de una cuestión de suerte pues, ya desde la cuna, dependiendo de dónde hubiera nacido cada cual estaba asignado el grupo social al que cada uno pertenecería de por vida: aquél que nacía en el seno de una familia de terratenientes, de ganaderos, de propietarios de minas, fábricas o fincas, heredaría los bienes familiares y no tendría que preocuparse jamás por su porvenir ni por el de su descendencia. No necesitaría nunca trabajar para ganarse el sustento porque poseía unos bienes que producirían para él. Por si esto fuera poco, la familia podía pagarle estudios; con lo que, además de explotar los bienes productivos, podría ejercer una profesión prestigiosa y lucrativa: ingeniero, médico, abogado u obispo. El hijo del obrero, en cambio, ya nacía predestinado para el trabajo duro y la miseria; porque lo único que tenía al nacer eran sus manos. Bien lo describió Miguel Hernández: «Carne de yugo ha nacido».
Huelga
Huelga. Óleo sobre lienzo pintado por Lentz Strajk en 1910.

Consciente de esta gran injusticia social, el obrero comprendió que era necesario acabar con las agresiones y abusos del patrón; que tenía que defender sus derechos y recuperar su dignidad como ser humano. Comprendió que existían dos clases sociales claramente diferenciadas y contrapuestas: la de los que poseían los medios de producción y la de los que aportaban la fuerza del trabajo; las clases pudientes y la clase trabajadora; el Capital y el Proleteriado. Comprendió que lo que cada una de esas dos clases sociales ganaba era a costa de la otra. Y así fue como se gestó la lucha de clases. El obrero, a pesar de su ignorancia, fue consciente de que los medios de producción eran inútiles si faltaba la fuerza del trabajo que él aportaba y supo cuál era su arma más poderosa en esa lucha de clases: supo que él podía hacer que la fábrica dejara de producir; que el ganado se quedara sin pacer y sin ordeñar; que los frutos sin recoger se pudrieran  en la mata o en el árbol; que el cereal se quedara en los campos sin segar; que el mineral no saliera de las entrañas de la tierra... Supo que su arma era la huelga.

Poco a poco los asalariados, los jornaleros los obreros, fueron organizándose, agrupándose, uniéndose y constituyendo sindicatos. Hicieron comprender, asumir y acatar al poder político que el patrón no podía imponer sus condiciones y sus métodos; que los obreros no eran animales, sino seres humanos, como ellos; necesarios e imprescindibles en el proceso productivo y que sus condiciones de trabajo tenían que negociarse; pero, como era de esperar, el patrón no estaba dispuesto a perder sus privilegios tan fácilmente y se opuso como pudo; a veces de forma poco dialogante. Y por eso se habla de lucha de clases; porque se produjo una auténtica lucha en el más amplio y sangriento sentido de la palabra, hasta que los diferentes poderes legislativos fueron reconociendo, en sus respectivas normas laborales, las justas reivindicaciones de la Clase Obrera.

Libertad de expresión y Derecho a la información

Entrada inaugural


De todos los Derechos Fundamentales y Libertades Públicas internacionalmente reconocidos, es indiscutible que el Derecho a la vida, además de Fundamental, es esencial; pues, si éste no está garantizado, todos los demás son superfluos. Pero si aceptamos la posibilidad de establecer una clasificación de todos los Derechos y Libertades atendiendo a su importancia relativa, no sólo desde el punto de vista del individuo titular de ellos, sino desde la perspectiva de la sociedad en su conjunto, es fácil concluir que, una vez que esté asegurado y garantizado el Derecho a la vida, ningún otro superaría en importancia al Derecho a una información veraz y su correlativa e indispensable Libertad de expresión.

Libertad de expresión
Efectivamente, la Libertad ideológica, la de creencias, o la de cátedra, no tendrían soporte ni respaldo jurídico alguno si no estuviera garantizada, previamente, la Libertad de expresión, como tampoco lo estarían los derechos de reunión, asociación,  manifestación o huelga, todos ellos también Fundamentales. Del mismo modo, la igualdad ante la ley y el correlativo derecho a no ser discriminado por razón alguna, no podrían ejercerse sin la garantía de un derecho a recibir libremente información veraz.

Evidentemente, esto no se les escapa a quienes ostentan el poder, sea cual fuere el régimen político de que se trate: en los sistemas democráticos, los partidos políticos se preocupan de acaparar el mayor número posible de medios de comunicación de masas para que difundan su mensaje o, por mejor decir, su propaganda. En los regímenes totalitarios, los tiranos, los dictadores imponen la censura previa y procesan como reos de toda clase de delitos contra el Estado a quienes pretendan opinar. Y es que el poder político no puede interferir en el pensamiento de los ciudadanos para erradicar sus ideas; pero sí puede evitar que éstas se propaguen criminalizando al que expresa pensamientos críticos e incluso estigmatizando determinadas opiniones. Y, si alguien tiene alguna duda de que esto también sucede en las sociedades occidentales, teóricamente libres, yo le planteo las siguientes reflexiones:

¿Se siente usted libre de opinar sobre extranjería sin temor a ser tachado de xenófobo?
¿Se siente usted libre de opinar sobre educación sin temor a ser tildado de retrógrado o, por el contrario, de excesivamente permisivo?
¿Se siente usted libre de opinar sobre homosexualidad sin temor a ser acusado de homófobo o tildado de gay?
¿Se siente usted libre de criticar el genocidio y la ocupación de Israel sobre Palestina sin temor a ser acusado de antisemita e incluso de nazi?
¿Se siente usted libre de manifestar su comprensión y solidaridad con el pueblo palestino sin temor a ser acusado de yihadista?
¿Se siente usted libre de opinar sobre determinados movimientos de autodeterminación sin temor a ser acusado de apologista del terrorismo?
¿Se siente usted libre, en fin, de utilizar expresiones como "la clase obrera", "el pueblo", "los trabajadores", "la explotación capitalista", "la izquierda y la derecha", "la lucha de clases", etc. sin que le tilden de comunista trasnochado, prosoviético o bolivariano?

Consecuentemente, la Libertad de expresión y el Derecho a la información son las primeras víctimas de cualquier sistema de gobierno; porque lo mismo dará comprar una opinión que secuestrarla, prohibirla o, peor aún, manipularla.

Por ello, en un Estado verdaderamente Democrático y de Derecho (hecha ya la salvedad del Derecho a la vida), debe considerarse como primordial la defensa y la garantía de la Libertad de expresión y su correlativo Derecho a la información; porque un Pueblo sólo es libre cuando está informado y puede manifestar lo que piensa sin temor a las consecuencias. La información es imprescindible para poder crearse una opinión sobre lo que acontece y esa opinión únicamente tendrá utilidad si puede transmitirse libremente. Una sociedad que no está suficientemente informada no podrá ejercer su derecho al voto responsablemente; ni tampoco conocerá cuáles son sus derechos primordiales para poder exigir que le sean respetados. Una sociedad en la que no se respeta la Libertad de expresión nunca podrá transmitir su pensamiento, sus ideas, su cultura.

Los juristas conocemos bien cuáles son los dos únicos límites que se pueden establecer a la Libertad de expresión y al Derecho a la información: el primero viene impuesto por el respeto a otro Derecho también Fundamental, cual es el Derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, sobre lo cual existe abundante jurisprudencia en relación con lo que se ha venido en llamar "colisión de Derechos Fundamentales". Esto se está viendo diariamente en la "tele-basura" y se da cuando un pseudo-periodista publica algo sobre algún aspecto de la vida supuestamente íntima de algún famosillo, a consecuencia de lo cual, éste (o su cohorte de abogados) consideran que se ha producido una intromisión en su intimidad y plantean la correspondiente querella ante los Tribunales para intentar obtener una suculenta indemnización. El segundo límite lo constituyen la injuria y la calumnia, tipificadas en el Código Penal como delitos.

También están tipificados en el Código Penal los delitos de incitación al odio. Este tipo de actuaciones no pueden ampararse bajo el paraguas protector de la Libertad de Expresión a diferencia de lo que sucede, en mi opinión, con respecto al delito de injurias a la Corona, cuya comisión lleva aparejadas penas de multa e, incluso, la pena de prisión; algo que muchos consideramos excesivo, ya que se trata de una medida más política que jurídica.

Una línea mucho más difusa sería la que separa la Libertad de Expresión de los delitos de enaltecimiento o apología del terrorismo; algo que habría que estudiar, caso por caso, desde la propia jurisprudencia y que también puede verse condicionado por un excesivo celo político más que jurídico.

En este blog ejerceremos nuestra Libertad de expresión con el convencimiento de que no va a colisionar con la intimidad de nadie ni tampoco, por supuesto, vamos a delinquir injuriando ni calumniando a persona alguna; por lo tanto, no nos aproximaremos, ni de lejos, a los límites establecidos.

Sirva esta primera entrada como inauguración y presentación de este blog que sólo pretende servir de tribuna para todo aquél que, desde el respeto y el buen gusto, tenga algo que decir.

La opinión pública nace de la Libertad de expresión.